Cinco razones para jugar

Podría uno preguntarse, con toda la seriedad que haga falta o venga al caso, si es necesario dar razones para jugar, para algo tan placentero, tan gozoso, tan vital como jugar, tan natural como jugar. Si el jugar no sólo es una táctica esmerada de resolución de problemas es el canal más eficaz para comunicarse con los niños y con quienes no han renunciado al placer de transformar un simple palo de escoba en un caballo, una espada o un emblema.

Pongamos que hacen falta, digamos nada más que cinco razones, entre las miles de ellas que podríamos citar. Aquí van, entonces esas cinco:

  1. El juego es hábito de vida, una forma de relacionarse con el mundo de la realidad que se nos impone. El juego es la primera estrategia que el ser humano recién estrenado desarrolla para aferrarse a la vida, porque en los brazos que lo mecen, que lo alzan, que lo miman y cosquillean empieza a comprender los bordes de su cuerpo.
  2. Los primeros juegos de infancia, elementales para la futura socialización, son aquellos que padres, madres, tíos, abuelos, vecinos y cuidadores enseñan sin saber, realizan sin querer cuando buscan un código de comunicación con los más pequeños y pequeñas. Lo mecen, los hacen volar, lo esconden tras una servilleta al grito de cuco, lo ponen a caballito y de ese modo exorciza los principales temores de la infancia como la caída, la ausencia, el manejo del espacio.
  3. Zanjada esa primera etapa de juegos corporales y pese a haberlo disfrutado tanto o más que el niño o la niña, el adulto -que con esos juegos a creado un entramado de confianza y seguridad-, suele retirarse de ese espacio lúdico que él mismo había creado. La razón: qué no se espera que el adulto juegue, que disfrute de ese crear universos con papel de colores o ciudades majestuosas con bloques de madera. Así, el niño se queda solo con aquello que el mercado ha denominado juguetes y ve desmoronarse la red seguridad que antes había comenzado a crear. Concluye más temprano que tarde que el juego no es importante, sino que es sólo un instrumentos para comenzar a delinear los roles que lo ocuparán en su vida adulta.
  4. El adulto que abandona al niño para que se entretenga solo renuncia a jugar. La acción lúdica del niño o la niña pasa a ser una forma de distracción para que no demande atención al adulto. El niño, se aferra entonces a los juegos que no requieren de un otro jugador ni un otro orientador y allí aparecen las nuevas tecnologías que han visto con premura la demanda y vienen a llenar todo de ruido.
  5. Juegos, juguetes, jueguitos, redes sociales, los niños y niñas se valen de todos ellos, para fabricar el propio entorno de deseo y disfrute, pero es tarea del adulto mediar entre los objetos y los niños para poder crear un lenguaje propio, que no reproduzca modelos prefabricados, donde el jugar vuelva a ser tan libertario como correr por el campo detrás de un amigo para mancharlo. Se trata ni más ni menos de lo que propone el filme Lego, que los adultos favorezcan el juego libre, permitan y avalen que los niños se conviertan en constructores de sus fantasías, que alteren el orden de las jugueterías, que se batan a duelo con los manuales de instrucciones, y abran atajos para pasar niveles. Que jueguen, porque un niño que juega es feliz, libre y siempre revulsivo.
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