En submarino por el cielo

Escribe: Patricio Diego Vargas Este breve relato confunde tiempos y escenarios. No le queda otra opción. Se compone con restos de recuerdos. Los jirones son claros, por eso me mienten. Esto causa la creencia de que las cosas sucedieron en la misma secuencia, si borro las imágenes inespecíficas que me muestran que pegoteo la historia.
Partimos en familia, del pueblo a la gran ciudad. Para mi fuimos tren hasta Capital, nos encontramos con más familia en ese punto, y de ahí partimos en colectivo a La Plata. Un largo viaje a la «Ciudad de los Niños». Mi abuela, mujer gruesa, bien alimentada, con atuendo de batalla -pollera marrón de las de antes, que disimulaba las formas, camisa y pelo blanco corto, con rulos- impredecible, puro contradictorio oscilante, llevaba una bolsa de hacer mandados con víveres para la travesía. Había que aguantarnos. El largo recorrido ameritaba prevenciones de todo tipo. Recuerdo, en el viaje en colectivo, desfilar de a uno, por el pasillo, a buscar nuestra ración de cacao caliente que llevaba ella en el termo. La gente nos miraba hacer equilibrio con esos vasos al borde del enchastre. Con la panza llena se viajaba mejor. Por lo menos para nosotros.

De la Ciudad de los Niños, en sí, recuerdo poco. Sí, el momento de la merienda. Pedí un submarino en el bar sin saber que era. Un vaso gigante de leche, una cuchara finita y larga que nunca había visto y barra de chocolate aparte. La gracia está en que se lo prepara uno, derritiendo el chocolate, sumergiéndolo. Interminable vaso, exceso de colación, permitido de situaciones especiales. También llegó el momento del helado. No íbamos a regatear. La crema azul no la había visto nunca. Helado color azul era disruptivo dentro de la sucesión de los helados conocidos. Quién podía elegir otra cosa. Crema del Cielo. Es crema, ya sabemos el gusto. Pero el azul la volvía inverosímil. Tenía que agregarle algo distinto. Pero no, se escapaba cuando la cucharada grande, medio desbocada, solo traía gusto a crema. Y si, era comerse un color. No te dabas cuenta pero era comerse un color y no un sabor nuevo.

Esos viajes por la gran ciudad eran la recorrida por mundos desmesurados para nuestra medida pueblerina. Todo asombraba. Una plaza, un edificio, cruzar la calle, los semáforos, el tránsito, los vendedores ambulantes, la velocidad de la gente caminando. Todo gigante, escurridizo, distante, difícil de atrapar, como el chocolate en el submarino que se escapa de la cuchara que lo intenta hundir y sale a flote otra vez, o como el gusto azul que no termina de sentirse.
Lugares para descubrir la estrechez de la mirada propia, que el corte en lo interminable es arbitrario y que andar en submarino por el cielo es verosímil.

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