Risueña mierda

Escribe: Patricio Diego Vargas En la última etapa de la facultad en Rosario, entre amigos, nos íbamos pasando pequeños trabajos para que la economía no decayera tanto. Cubrir francos en negocios de poca monta, como puestos de venta en galerías de paseo o kioscos tristes de 24hs, en calles laterales en la zona cercana al río, era de lo que más salía. Cuando te avisaban era difícil negarse, siempre hacía falta la plata. Roman me avisó que el domingo de 8 a 8, en un kiosko, había una changa. Allá fui.
El que se retiraba del turno nocturno te tiene que entregar los números claros entre lo que vendió, todo anotado, la plata ordenada y los productos del negocio contados. Si señores hay que contar todo antes de retirarse: alfajores, pilas, lapiceras, chocolates ,chicles, bebidas y todos los etcéteras que se les ocurran.


Ese kiosco era extraño. Tenía en el fondo dos canchas de paddle reformadas y transformadas en un estacionamiento. Se podía atender por un ventana que daba a la calle o la gente ingresaba por el portón del estacionamiento y a su vez por una puerta lateral al salón de ventas. A la izquierda de la entrada había una mesita de plástico con dos sillas y el baño.
A la hora de la siesta, ese domingo, llegó una señora. Tendría cerca de sesenta años, muy gorda, y risueña. No recuerdo mucho más de ella. Me pide un cerveza fría y dos vasos. Dice : me siento en aquella mesa y lo espero a mi marido que ya viene. Se acomodó a tomar y a esperar. A la media hora vuelve risueña y pide otra cerveza. Se sentó de nuevo en su rincón, avisándome que él ya llegaría.

De vez en cuando se reía fuerte y me saludaba, pero seguía en la suya. Compró una cerveza más y pidió permiso para ir al baño. Su paso en ese momento ya era poco equilibrado y las palabras tenían un arrastre particular; intacta seguía su alegría. Tardó en el baño. Salió y se tomó una última cerveza rápido. Pagó y me dijo: no se que le paso a mi marido, no vino al final. Se retiró con la cara roja, con la risa un poco desencajada y hablando fuerte.
Cuando la hija del dueño vino a hacer su inspección, contó el dinero y revisó algunos productos claves que solo ella sabía. Es una forma limitada de controlar el robo interno. También fue al baño y me preguntó, seria, que había sucedido. Fui a ver y la cosa estaba muy difícil. Había mierda por todos lados. Adentro del inodoro, en la tapa, en la mochila y un poco en la pared. Como si hubiera explotado un globo gigante de caca líquida. Le expliqué la historia de la señora y dijo con cara de asco: bueno, andá y limpiá. Frente a eso me partí en dos. No era mi trabajo, pero parece que estaba en la letra chica invisible del contrato de palabra. Por dentro la puteaba a ella, a la gorda, al marido imaginario que nunca se la llevó y a la sociedad en su conjunto. Por fuera puse la actitud boy scout de siempre listo, deja que yo lo hago, no te preocupes, cara de boludo a cuerda, y partí con balde y trapo. Dios sabrá como lo limpié. Es irrecordable.
El psicoanálisis, varios años después, con paciencia, me ha salvado muchas veces, no de no caer en esa actitud de ofrecido, sino de no andar usándola como un tonto serial en cualquier situación, y terminar limpiando mierda ajena por más que me enojara.

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