Un posible Baldi

Escribe: Patricio Diego Vargas La posición masculina, quien sea que la sostenga, tiene que validarse en la demostración. Ratificarse en una puesta a prueba de las «potencias». La forma de gozar del tener masculina impone sus condiciones. Eso no es posible sin un semblante, o mas fácil, sin un personaje. Ese artilugio, simbólico/imaginario, permite poner en juego «los poderes» en el lazo social. Cuando los semblantes/personajes se agudizan y se confunden con el ser, las cosas pueden ponerse muy complicadas. Oscuras para alguien que se aferre y quede funcionando en modo «caricatura». Peligrosas si la violencia es el recurso impotente de la «caricatura» asustada.

Un hombre que no quiera caer en el patetismo, no le queda otro camino que reinventarse soportando que el falo se «desentumece». No hay turgencia constante. Se puede entrar al mundo del amor seduciendo con ese personaje; no se puede funcionar en el mundo del amor petrificado en el personaje. Por eso son tan complejas la relaciones.
Para que una mujer entre en la vida de un hombre, éste tiene que estar en condiciones de sacarse el disfraz, que la impotencia se una posibilidad y no un fantasma; no ser una estatua viviente. Ella a que su demanda choque con alguien que no puede. Que el personaje del que se enamoró sea intermitente y que devenga en otros, seguramente cada vez menos potentes.

«El posible Baldi» es un cuento de Onetti en donde brevemente ilustra algo de todo esto. Baldi es un hombre apocado, gris, común, sin grandes atributos. Su mundo es su oficina. Un día, en la calle, es acechado por la seducción de una mujer. Ella, pequeña, arreglada, «de grande ojos azules» y pequeñas manos «blancas finas», era puro deseo de admiración. Quería ver en él un hombre «no como todos». Justo en él.
El responde con el invento de un «personaje de poder», que de tanta imbecilidad no permitía la apertura. Los sonidos de una lengua extranjera en ella acentuaban, en su personaje, lo extranjero del lugar del otro-sexual. El personaje que «ofreció», cazador de negros en las minas africanas, no la asustó.


Ella lo remitía con ternura a la necesidad y soledad en su vida para aceptar un trabajo así. Desde ahí el no podía. Le terminó dejando plata, no sin volver a recordarle que esa era una ofrenda de «otro» Baldi. Uno que también era contrabandista de drogas. Y así se retiró, gris y cobarde, a su mundo solitario.
Con personajes puros no se puede. No existe la «pura potencia». Ni siquiera caricatura. Imitación.

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