Tangazo

Escribe Patricio Diego Vargas Radiodifusora se le decía a un parlante negro, pequeño, que traía una perilla de encendido y otra para el volumen.
Con prenderlo estaba ya sintonizada a lo único que se transmitía: la programación de la radio del pueblo.
Recuerdo esa cajita negra colgada en las casas y la voz gruesa del locutor contando el mundo de las peripecias locales.
Cuando me quedaba en la casa de mi abuela la radiodifusora formaba parte del ritual de funcionamiento cotidiano. La tele blanco y negro recién comenzaba su actividad al mediodía y se la hacía coincidir con el exacto momento de sentarse a almorzar.

Antes, mi abuela, escuchaba ese parlante mientras cocinaba. Cuando se acercaba el momento del cierre de la programación local que salía de ese adminiculo colgado en lo alto de la pared de la cocina, y era inminente la mesa y el informativo nacional que salía de la otra caja a ruedita para buscar los canales y la antena en el techo para captar la señal, se producía un momento mágico. El locutor local comenzaba a preparar la despedida del programa promocionando lo que definía como el tangazo del cierre.

Mi abuela se apuraba a hacer lo que estuviese haciendo, se emocionaba, para disponerse a escuchar. Para esto yo esperaba sentado en la mesa el cambio de escenario. Ella subía el volumen, el parlante saturaba un poco, se escuchaba las palabras de despedida y la entrada del tango triunfal y liberador.

Sonaban tangos de D´Arienzo, con una ametralladora de bandoneones al frente, hasta que irrumpía alguna voz melodiosa. En ese momento, mi abuela, en la cocina, de espaldas, cantaba. Cantaba el tango con una voz finita, como para adentro, no cantaba a viva voz para que el resto escuchase; era algo con ella y para ella. Como si se rodeara con su propia voz, a lo mejor imaginándose al frente de esa orquesta, enamorando al público y mirada por los músicos. O tal vez era la letra, la historia que le atraía.O simplemente su voz bajita, pero afuera.
Era ese su momento especial, la suspensión del tiempo, su corte. Con el fin del tango volvía a la normalidad, servía el almuerzo y se sentaba a ver las noticias, como todos.

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