Caja de pandora

Escrito por: Patricio Diego Vargas Estoy sentado en una la sala de espera, solo. Veo que una señora se encuentra de pasada con un médico, señor mayor, guardapolvo blanco, parece capo del lugar, y se frena a charlar con el. Intuyo que se conocen, porque se preguntan por gente en común, pero no parecen tener una relación cercana. Tal vez del barrio o se conozcan por parientes o amigos en común. Salen de ese protocolo inicial y él le pregunta como anda su salud. Ella, penosamente, comenta que no viene bien, que los nervios, da algunas explicaciones que no llego a apreciar, que la presión, que duerme mal. Su expresión transmite sufrimiento.

El escucha, asiente, mueve la cabeza. Ella larga que alguien le receto medicación para andar un poco más tranquila. Ahí si interviene con cara de disertante: le habla de los «manejos» del stress, que así no tiene que hacer las cosas, que esto que lo otro, etc, etc. Lo más ridículo fue cuando le explicó que para dormir tenía que salir a caminar 20/30 minutos haciendo el gesto con su cuerpo como de alguien que sale a caminar. Dando pasitos en el lugar y balanceándose. Así tenés que hacer le afirma. Ella ya se sentía mal, porque tenía la cara un poco desencajada, pero solo la cara. Se ve que no aguanto más la perorata y le explicó que ella camina el triple de lo que él le recomienda, que hizo tratamientos, que se esfuerza, pero igual anda nerviosa y duerme mal, con medicación y todo, y que no encuentra nada que la ayude. Creo que un poquito lloro también.

Él se quedó silencioso, sin más consejos en apariencia, y ella con cara de preocupada. Se saludaron, ella bajó por el ascensor y él siguió para el consultorio. Con la imagen, la gomina, el guardapolvo y el consejo abrió la caja de Pandora, y así como se abrió se cerró. El problema, a veces, con algunos médicos, es que ocurre los mismo puertas adentro de sus consultorios. Los psicoanalistas tenemos las mismas dificultades con el sufrimiento de los pacientes, pero una vez que se abrió el asunto nos quedamos adentro también. Obvio, no sufriendo con ellos/as, pero adentro.

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