La mitad

Escribe: Patricio Diego Vargas La galería de la escuela a la que daban los salones la recuerdo gigante. Tenía puertas doble hoja, altas, cada una con una escalerita de tres, cuatro escalones por las que se salía al patio. También tenía unos placares embutidos en la paredes, donde los maestros guardaban sus materiales y una caldera para calefaccionarla que la recorría a la altura de nuestra rodillas. Un caño envuelto en una serpentina filosa de chapa para expandir el calor, color bordo. Hubo cortes en las piernas. Pequeños daños colaterales que hicieron que luego la recubrieran.

Los recreos, en esa galería y en el patio, eran un mundo aparte en la escuela. Uno de los momentos era el kiosco. Cuando uno crecía un poco, ya no llevaba merienda de la casa, sino monedas para el kiosco. Suena medio a sonajero esa palabra, si la repetimos, ruidosa, como el amontonamiento de chicos queriendo comprar.
El de mí escuela era de chapa y estaba encajado entre el antebaño abierto a la galería, con sus fila de lavatorios, y la escalera que daba al segundo piso. Amarillo, cuadrado, con un frente dividido en dos rectángulos. El superior se abría para adelante y para arriba, como un toldo, y con él, un sin fin de mercancías comestibles. Kiosco de escuela de pueblo, en los 80. No existía ni en germen, la fantasía del kiosco «saludable». Era todo azúcar, grasa, harina y colorantes en mil formas. Comprarse algo ahí, en el segundo recreo, el largo, donde las tripas pedían auxilio para llegar al final de la jornada, era glorioso.


Ese día, no se si no había llevado plata o quería una doble ración, le pedí a Fernando, que salió de la montonera compradora, si me daba la mitad de su alfajor blanco. Pedido de respuesta negativa «asegurada». Deben ser los primeros aprendizajes de eso que te dicen después: anda, total el no ya lo tenés. Pero contrario a eso, él, generoso, dijo si. Lo partió a la mitad y en el quiebre las proporciones fueron desparejas. No mucho, pero se notaba. Se ve que su gesto hizo que le reclamara con la justicia de lo milimétrico, propia de las repartijas entre hermanos, que su mitad era más grande. Me miró entre sorprendido y pensante. Dijo: «…vos querés la mas grande? Bueno, tomá…quedátela…». No, pero….no terminé de decir nada, tratando de retroceder, tarde. «…No no, tomá, quedátela…», insistió, serio y determinante. La agarré con una sonrisa dibujada, que más exterior no podía ser. Por dentro sentía algo claramente incómodo, pero indefinible. Eso que vuelve, de vez en cuando, a enseñarme siempre una vez más, hasta el día de hoy, como no tienen que ser las cosas. Una alarma que suena cuando no hay que ir por ese filo. A veces no la escucho, lamentablemente.
Fernando, rubio, de rulos, pecoso, en un recreo kisoquero de escuela de ciudad bonaerense, en los años 80, me dejó una mirada para siempre.

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