La falla interna de las ideas

Escribe Patricio Diego Vargas «La falla interna de las ideas» Hacía dos años que había dejado el tratamiento. Un día no apareció más y no contestó el teléfono, ni él ni su mamá. Por las particularidades quedé preocupado. Igual él no estaba aquejado del mismo modo. Habáa transcurrido mucho trabajo también. Hay que confiar en eso. Me llamó en la cuarentena, de repente, en tres ocasiones, para comentarme algo de la realidad cotidiana y sobre algunas películas. Ayer, insistente, llamó varias veces hasta que pudimos hablar. Necesitaba decir lo que él definió como una última charla, porque tal vez después «no sea necesario conversar nunca más».
«Bueno, capaz tenes tiempo o no, me apuro así entra todo. Te quería contar lo bueno y lo malo del tratamiento que hicimos. Tanto escribir en aquel momento me hizo un «revoltijo existencial», eso me confundió un tiempo largo, me metió en ese auto-análisis que me rayó un poco»

Sus ideas delirantes le decían, en aquel inicio, que todos se habían burlado de él en la vida y que su solución era la venganza con la muerte, como los vídeos de las escuelas yanquis. El problema era convivir con esa certeza, más allá que nunca hiciese nada en ese sentido. Sus venganzas se escenificaban en la invasión de imágenes irrefrenables.
Encontré, porque él lo encontró, en ese primer año de tratamiento, lo único que lo hizo dudar. Trajo un video de Stephen Hawking que demostraba la imperfección del orden del universo. Escuchó ese razonamiento y apareció la grieta que le permitió dudar de lo que se le imponía como única salida «perfecta y lógica»: la venganza. De ahí se puso en marcha un modo de trabajo ininterrumpido por más de 5 años. Aparecieron esquemas complejos con los que explicaba «su cabeza» y ensayos sobre su funcionamiento mental. Más videos para analizar, películas para comentar, libros para leer, de ciencia, de literatura.


Yo leía, miraba lo que me compartía, incluso me alquilaba las películas para asegurarse de que las viera. Así preparaba y ahondaba la grieta que Stephen nos mostró. Él quería encontrar que los «Rayados tienen derecho a matar y que esa es la única cura para las ideas». Ahí estaba el enlace certero. Yo intentaba mostrarle, con el mismo material, que había otras versiones. Luego, en otra etapa, escribió su biografía en 13 capítulos. Reescribió su historia desde la infancia. Ordenando los recuerdos. Más tarde surgieron los cuentos de su autoría. Traían otra cosa. Un desliz sobre versiones de personajes que ya no eran tan burlados y no mataban como salida. Y por último la serie que marcó el quiebre. Un anime de 50 capítulos: Death note. El personaje recibe una libreta de los demonios. Puede anotar ahí el nombre de la gente y esta se muere. El personaje sintió que podía hacer justicia en el mundo, eliminado a los malos. Le suceden muchas cosas con ese poder y termina loco. Mató por justicia y enloqueció. No había cura ahí. Lo contó el anime, no yo. Luché para que eso se escuchara. Él saco una conclusión que marcó algo: «la vida y la muerte no pueden ser cosas que uno toque así, en la venganza no está el asunto».


Después hubo muchas películas más y hasta la escritura de su caso, un capítulo él y otro yo. Todo el material de esos años estaba foliado, con mi desprolijidad, pero guardado y ordenado por fechas. Cuando las cosas se ponían difíciles yo sacaba de ahí y leía lo que había escrito él mismo en contra de «las ideas». Había freno con su palabra. En la última etapa ya no se usaban estos recursos, ya no los traía y dejó de venir sin avisar, cosa que nunca había hecho en todos esos años. Averigüé, no había pasado nada malo. Esa era mi fantasía. Volvemos al llamado: «Lo bueno del tratamiento fue que con todo ese revoltijo yo me dí cuenta que esas ideas tenían una falla interna. Que me engañaban. Que no era lógico, que no venían de un razonamiento perfecto y verdadero. Yo no te voy a mentir, sigo teniendo recuerdos de aquellas épocas, tomo mi medicación, pero yo sé que no son verdaderas. Es lindo decirlo, pero más lindo es vivirlo. La vida es la vida. Si yo no voy a ir a Hollywod con mis libros betseller voy a estar triste, pero puede pasar o no, pero llegar a ser famoso para vengarme no va más. Será mi sueño o no, pero no mi venganza. Yo te discutí muchas veces que el psicoanalisis no curaba (de hecho llevo un libro de Onfray, libro gigante, que destruye a Freud, y lo leímos capítulo a capítulo, él buscando certezas de no curarse y yo grietas en el razonamiento).


«Pero no. Curarse al final es esto. Las ideas que me llevaban a cosas imposibles e improbables tenían una falla interna, entonces la vida no está en ese idealismo de los recuerdos y la venganza, está en la realidad…»
Nos despedimos un poco emocionados. Que cosa compleja los finales de tratamiento. Toda la vuelta de rosca que necesitó esa salida, en la que se incluye este llamado, dos años después. Me dijo que lo escribiera. Acá esta.
Cosas del mundo del psicoanálisis. No siempre pasan estas cosas.

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